martes, 6 de septiembre de 2011

Federico García Lorca y La casa de Bernarda Alba: Sobre la dramaturgia necesaria


I

La obra de Federico García Lorca es quizá una de las pocas dramaturgias donde la poesía cumple la función de palabra dramática. Son muchas las obras en donde los personajes hablan en tono poético y se alejan de la veracidad. Ese chocante juego de querer hacer poesía en el teatro casi siempre termina en el bostezo, la risa involuntaria o simplemente en el “ya no entiendo de qué están hablando”. La obra de Lorca sin embargo es cautivadora, revolucionaria, en el sentido estricto de la palabra poesía para la escena.
Amigo de Dalí, Manuel de Falla, Buñuel y de otros prestigiados artistas, García Lorca trascendió de forma literaria más por su trabajo que por sus amistades. Desde el Romancero Gitano hasta “El Maleficio de la mariposa”, obra inconclusa donde se inició en el drama, mostró tener un dominio atroz (por su belleza) de la tradición poética española, pero más allá de eso, un poder en la palabra que asusta a los dictadores, por concreto y férreo. Un poder de crear que no se doblegó ante la estupidez del tirano. Hay tres obras necesarias de este autor que son “Yerma”, “Bodas de sangre” y “La casa de Bernarda Alba”, pero tampoco se puede dejar detrás “Así que pasen cinco años”, “La zapatera prodigiosa” o “Doña Rosita la soltera”.
El 19 de junio de 1936, Lorca escribió “La casa de Bernarda Alba”, en donde vemos a Bernarda de 60 años con sus cinco hijas: Angustias, Magdalena, Martirio, Amelia y Adela; solteras todas ellas y de luto ya que el esposo de la matriarca y padre de las cuatro últimas acaba de morir. La casa permanecerá cerrada en un luto que durará ocho años, donde nadie saldrá a la calle. La Poncia y la criada son las mujeres que sirven en la casa, la ausencia masculina es un detonador en las hijas; María Josefa la loca, madre de Bernarda, es la última pieza de esta tragedia a manera de documental que nos revela la magnitud de la dictadura que estaba en ciernes y que se vivía.
A Bernarda le preocupa lo que la gente del pueblo diga, durante el velorio de su esposo la mujer no escatimará en mostrar su odio a la gente que acude a su casa porque sabe que se inventarán mil cosas, que se hablará de ella y de sus hijas, por lo que nunca ha querido dar motivo para ello, de ahí que las encierre como en un convento.
Aunque la matriarca no quiere ver la paja en el ojo ajeno, ya que La Poncia es la encargada de llevarle a Bernarda los chismes sobre la gente del pueblo, hechos en los cuales se torna inquisidora al grado de olvidar lo que podría suceder en su casa.
“Bernarda: Los pobres son como los animales, parece que estuvieran hechos de otra sustancia”.
Una tormenta que La Poncia ve venir pero que el orgullo de Bernarda no quiere ver.
“La Poncia: Siempre has sido lista. Has visto lo malo de las gentes a cien leguas; muchas veces creía que adivinabas los pensamientos. Pero los hijos son los hijos, ahora estás ciega”.
A pesar de que Bernarda no sería tan rica en otro pueblo, su estatus la hace menospreciar a casi todos, de ahí que sus hijas sigan solteras y que no haya permitido que los hombres del pueblo las cortejen.
Pepe el Romano es un joven del pueblo, bien parecido que ha pedido en nupcias a Angustias, la hija mayor, ya que ésta ha heredado la mayor parte de las tierras de su padre y su dinero, de ahí que sea un buen partido para el joven. Martirio quiere a Pepe pero sabe que no tiene ninguna posibilidad con él, porque no es agraciadamente bella, pero también sabe que Adela, la hija menor de Bernarda Alba, anda de amoríos con el joven lo que suscitará la tragedia.


II

El eje de la tragedia “La casa de Bernarda Alba” es la represión y la rebelión por parte de Adela ante las imposiciones de la matriarca que las ha privado de la libertad con el argumento de la decencia y un puritanismo conservador que bien podríamos adjudicárselo a la ultraderecha:
“Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el barón. Eso tiene la gente que nace con posibles. (Sale Adela)”.
Adela mantiene el idilio con Pepe el Romano a escondidas y se va entretejiendo lo inevitable de la explosión, donde todas las hermanas emiten juicios y pelean por el atentado a la decencia que se ha cometido y sobre todo por la envidia de no ser las protagonistas de tal “aberración”, de tal amorío.
La pelea por Pepe el Romano nos dibuja a un hombre bello, al menos dentro de la visión de Lorca, porque es interesante que Pepe el Romano sea un personaje ausente, nunca aparece en escena, por lo que sus características son simplemente enunciadas y al no aparecer seguirá siendo un constructo del imaginario del lector o espectador.
La pelea final se desata, Adela ya no oculta su amorío con el Romano y reta a su madre y a sus hermanas, otra vez Bernarda se levanta como furia para intentar controlar la situación que se desborda:
“Bernarda: ¡Esa es la cama de las mal nacidas! (Se dirige furiosa hacia Adela)
Adela: (Haciéndole frente) ¡Aquí se acabaron las voces de presidio! (Adela arrebata el bastón a su madre y lo parte en dos) Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted ni un paso más. En mí no manda nadie más que Pepe”.
Adela es ejemplo de la confrontación directa con la dictadura y la declaración de principios, los cuales la matriarca no está dispuesta a aceptar, por lo que pide una escopeta para matar al que considera el culpable de que su familia se haya salido de control.
Adela, al creer que Pepe ha muerto, en un acto desesperado se suicida ahorcándose. Bernarda, como cualquier tirano, intenta disfrazar la realidad social que la traspasó, intenta esconder la deshonra que habita su casa y que ella misma provocó al tratar de manera déspota a su familia. Como todo jerarca que ha olvidado la justicia, prefiere simular que nada ha pasado, que la “pureza” de su hija se mantiene en pie y que la culpa de lo que pasó fue de otro:
“Bernarda: No. ¡Yo no! Pepe: tú irás corriendo vivo por la oscuridad de las alamedas, pero otro día caerás. ¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como una doncella. ¡Nadie diga nada! Ella ha muerto virgen! Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.
Martirio: Dichosa mil veces ella que lo pudo tener.
Bernarda: Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra hija) ¡A callar he dicho! (A otra hija) ¡Las lágrimas cuando estés sola! Nos hundiremos todas en un mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”
La escritura de García Lorca lacera las estructuras totalitarias, incomoda a los que se identifican con la dueña de esa casa o a los que reconocen que su gobernante en turno es una Bernarda. No es de extrañar que Lorca haya sido asesinado, en un acto cobarde, muy joven y a traición por la dictadura franquista, pero su obra permanece.
Eduardo Galeano en su libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004) nos dice lo siguiente, a propósito de lo vivo que se encuentra la obra de García Lorca:
“Desde que García Lorca había caído, acribillado a balazos, en los albores de la guerra española, “La zapatera prodigiosa” no aparecía en los escenarios de su país. Muchos años habían pasado cuando los teatreros del Uruguay llevaron esa obra a Madrid. Actuaron con alma y vida.
Al final, no recibieron aplausos. El público se puso a patear el suelo, a toda furia; y los actores no entendían nada.
China Zorrilla lo contó: -Nos quedamos pasmados. Un desastre. Era para ponerse a llorar.
Pero después, estalló la ovación. Larga, agradecida. Y los actores seguían sin entender. Quizás aquel primer aplauso con los pies, aquel trueno sobre la tierra, había sido para el autor. Para el autor fusilado por rojo, por marica, por raro. Quizás había sido una manera de decirle: para que sepas, Federico, lo vivo que estás”.