martes, 6 de abril de 2010

Publico… ¿luego existo?: Apuntes de un escribidor


"No por mucho publicar se consagra más temprano" (De los poemínimos de Huerta)

Dentro del mundo de la literatura (y los que escriben tomando el verbo con verdadera seriedad) existe una clara noción de publicar en una editorial de prestigio, ya que eso conlleva a reconocimiento, ser leído, distribuido, traducido y firmar un contrato con cláusulas sacadas del imaginario con el que se concibe el mundo de la élite.

Pero bueno, la publicación en casas editoriales de renombre, si bien da un prestigio, no siempre garantiza la potencialidad de la palabra como herramienta estética y discursiva. Me imagino que usted lector, alguna vez se habrá topado con alguna novela o libro de poemas de “X” autor en esas editoriales (llámese Alfaguara, Mondadori, Planeta, Era, etc.) y habrá dicho: “si este publica en Alfaguara hasta yo puedo”, pero el caso es más complejo e incluso ético en lo que se refiere a la industria editorial. Intentaré exponer las ideas de forma clara (pero muy a la manera de este escribidor) y no confabular tanto con las palabras.

En primera, hay mucha gente que escribe, otra que afirma ser escritor, incluso otros más osados que dicen estar escribiendo su tercera novela, pero que aseguran nunca publicarán su obra, ya sea por temor, timidez, porque no es el momento o simplemente porque el lector (entiéndase aquí la humanidad) no se lo merece, es entonces que su postura como generador de la palabra se anula, ya que al no ser leído no se tiene ni se tendrá registro de él. Esto tiene que ver con la idea de los procesos de recepción, es decir para que el teatro puede existir necesita del espectador, el libro también necesita del lector.

Aquí se argumentará que posiblemente algún ser querido o amado de ese escritor inédito lo estará leyendo y lo seguirá leyendo, incluso (aquel escritor en el lecho de muerte) bien pudo haber legado sus novelas inéditas a esa conciencia amada, por lo que su obra seguirá vigente, pero el margen de la memoria humana es tan pequeño que si no se registra bajo otro soporte, irremediablemente tendrá que morir, al igual que el autor, tal como lo dice Oliveiro Girondo: “sólo moriré cuando no sea siquiera un recuerdo”.

Antes de morir, Kafka le entregó sus manuscritos y correspondencia a su amigo Max Brod con el fin de que no los divulgara (o quizá fue una artimaña para que contradijera lo dicho) y los destruyera, cosa que dejó de hacer y que nos permite leer a Kafka, puesto que el autor en vida pasó inadvertido ya que sólo publicó algunos relatos breves, ahora ¿Qué hubiera pasado si esos documentos y manuscritos efectivamente hubieran sido quemados y no los hubiera conocido nadie? Simplemente no habría Kafka.

El argumento anterior es con la simple intención de dejar en claro la necesidad del escritor de difundir su trabajo y encontrar los mecanismos de distribución editorial que permitan acercarlo al lector para que haya interactividad en su discurso, lamentablemente estamos ante las normas capitales y el objetivo es cómo utilizar esa industria para el beneficio de la obra estética.

Vivimos en el tiempo de las marcas: ¿de qué marca es tu pantalón? ¿Qué tipo de coche tienes, qué modelo, de qué año? ¿Tu reloj es de marca? ¿Tu bolso es de piel? ¿Tus zapatos son originales? ¿Nombre de qué diseñador es tu loción? ¿En qué editorial publicas?.

Aunque aquí hay que ver varias cosas, ya que “la mona aunque se vista de seda mona se queda”, en el sentido de que se podrá publicar en una gran editorial pero tener una obra mediocre, nuestro sistema es tan complaciente (si se tienen las relaciones públicas al orden del día) que permite crear imágenes aunque los que la ostentan carezcan de todo lo que gozan (basta con decir que Carstens, el de Hacienda es doctor y que Cuauhtémoc Sánchez vende mucho más que otros mejores), aquí es cuando debería de entrar el criterio de calidad, posición ilusa pero necesaria, que sólo es posible en el ámbito individual, no industrializado.

Aquí hago referencia a mi carácter de generador de discursos, algunas personas con las que nunca había hablado y por azares del destino pude entablar un diálogo, me preguntaban por qué había rechazado publicar en “Teatro de la Gruta VII” del Fondo Editorial Tierra Adentro, el verbo rechazar es aquí un eufemismo, ya que las palabras fueron otras, pero bueno, se había creado un mal entendido. A partir de una reflexión particular que tuve después de escuchar las posiciones de maestros de la escena ante los yerros de la juventud de publicar lo que se les viniera en gana, independientemente de si su trabajo era de calidad, decidí no publicar mi obra “Un alma detrás de la cerradura” (la cual tiene ahora otro nombre), ya que me hallaba en una posición de vulnerabilidad en el sentido de que tenía tanto en la cabeza (teorías, ideas, posiciones) que ponerlas en orden en cierto tiempo no iban a ser posibles a partir de una obra dramática, necesitaba otro proceso. Hay días en que las obras simplemente no se pueden terminar (hay que tener oficio, cosa que sólo da el tiempo) y por lo mismo hay que dejarlas reposar un rato.

No quise publicar porque alguien lo iba a leer y (en todo su derecho) lo habría de cerrar (el libro), a lo mejor quitándole la oportunidad a los otros (ya que se trataba de una compilación). Hay gente que me ha dicho que dejé pasar la mejor oportunidad de mi vida (no lo creo, la vida tiene otras), que debí haber publicado sin importar la calidad literaria, aunque creo ahora que no hay que apresurar nada, a lo mejor tenemos derecho a una mala publicación y ya había agotado ese derecho. Para no pecar tampoco de soberbio le expuse mi posición al jurado, Rodolfo Obregón menciona en el prólogo de “Teatro de la Gruta VII” mi decisión, cosa que se agradece.

He visto y leído a gente que está tan obsesionada, deseosa y exigente que se publique su obra y ver su nombre impreso (para presumir a los suyos y a los que no lo son) que no le importa el receptor, pero no hay que apresurarse, vivimos en un cinismo político donde no importa la calidad y las ideas como para que este cinismo se traduzca a la esfera del arte.

Publicar es la justa necesaria para cualquier autor, es cierto, pero también habría que tener conciencia de qué publicamos, el verdadero lector es crítico, hay que ir en busca de nuestro lector cómplice, pero hay que tener calidad y criterio, he leído algunos libros de gente que tiene mi edad o menos, que de plano no regresaría a la siguiente entrega de su saga, tengamos miedo a eso, por favor, que nos tiemble la mano.

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